Gredos la otra parte
LA SIERRA DE GREDOS
Unamuno, que visitó mucho estos riscos y que los pateó aún más, llamó a Gredos santa montaña, roca desnuda, corazón de España. Don Felipe Jesús Martín Donaire, ingeniero de Minas y por ello algo menos elevado en su decir, establece en 1879 que la «sierra de Gredos es la más meridional y elevada de las cuatro de la provincia, comenzando en el arroyo Tórtolas, en Cebreros, y terminando en el puerto de Tornavacas. Los numerosos picos y callados que, alternando, se suceden en su cumbre determinan una línea de más de 100 kilómetros, sumamente sinuosa». Es Gredos un macizo que desborda la zona del Tormes, para configurar otras tierras de Ávila, pero la parte más abrupta, la más impresionante, la que incluye nombres míticos, como Cinco Lagunas, la Laguna Grande, Almanzor, el Circo de Gredos..., es la zona comprendida administrativamente en esos pueblos ribereños del Tormes y desde ellos es desde donde mejor se accede. Y hablando de accesos, permítaseme dar dos consejos a quienes no conozcan Gredos y no sean expertos montañeros: – Visiten Gredos todas las veces que puedan y con las menores prisas posibles. No dejen de recorrer detenidamente tal maravilla, sobrecójanse ante la paz y la belleza de sus desnudas cumbres, descubran una vegetación y una zoología desconocidas y sorprendentes, que van más allá de las sabidas cabras y de los robledales. En pocos sitios podrán sentir con tal intensidad que han vuelto a una naturaleza de la que forman parte y que les fue parcialmente negada. – No se aventuren en la sierra solos, ni sin un guía, ni sin valorar adecuadamente su capacidad física.
Tras reponer fuerzas en cualquiera de las buenas ventas que crecen en la unión de las carreteras Ávila-Arenas con la de Rasquilla-El Barco, o en el más señorial Parador de Gredos (el primero de España), podremos preparar los ánimos para el viaje. Nada más arrancar y cerca de Navarredonda se propone al viajero un desvío hacia San Martín de la Vega y hacia Garganta del Villar. En el primero, y en la zona de la carretera que conducirá a Navacepedilla, puede reconocer una curiosa serie de puentes adintelados sencillos y sobrios, que le explicarán la primera lección de la sabia arquitectura popular de la zona. En Garganta del Villar es obligado entrar en la Iglesia y sorprenderse ante la magnífica crucería que la nervadura traza en la cabecera. No menos obligado es plantearse una reflexión, que durará todo el camino, ante el hecho de la despoblación e inminente abandono de tanta maravilla. Ya en Navarredonda, en la iglesia de Barajas, encontrará un primer y valioso ejemplo de las peculiares torres de las iglesias de la sierra: a veces, torres; a veces, espadañas; a veces, torre y espadaña a la vez, y casi siempre, torre aislada, o al menos con entrada exterior independiente de la iglesia. Desde allí, la carretera o el Tormes serán la mejor guía. (El Tormes, en el fondo, y en la sierra, en la solana, casi siempre a la derecha de nuestra marcha, una serie de pueblos que son -uno a uno-fenomenal mirador del Gredos todopoderoso.) En Hoyos del Espino, una pequeña y preciosa cruz nos indicará el desvío hacia una iglesia-santuario, centro mariano de la comarca. Es un gótico soberbio en un soberbio paisaje. Hoyos y Navarredonda son cita obligada para tomar copas, pinchar... en las noches de Gredos. La oferta gastronómica y de alojamientos es amplia y variada, y desde allí puede llegarse a cualquier lugar (un muy atractivo alojamiento puede encontrarse en la naciente red de casas rurales). Navacepeda de Tormes acoge a un puente que salta dos lisas paredes verticales sobre las aguas más limpias que soñarse puedan. Le llaman el pozo de las Paredes, qué precisos son estos hombres titulando. Sobre él pasa un camino de montaña, cómodo de caminar, que a media altura entre el agua y la cima recorre la garganta de Balbellido y lleva hasta el puente del Duque, en Hoyos del Espino. Ortigosa, Zapardiel y Navasequilla guardan buenos templos, casas pobres de piedra, con recias jambas y dinteles atados a los muros por fuertes tranqueras y tres torres en las que ganas dan de instalar un periscopio para escrutar Gredos desde lo alto (desde la de Zapardiel puede verse, casi en vuelo rasante, la maravilla de Cinco Lagunas). Y en Zapardiel sería imperdonable no entrar en el templo y detenerse ante la portada interior o los altares laterales, en los que las bolas graníticas de la ciudad vuelven a ser pétreo rosario. Antes de Navalperal, a la derecha, en una carretera de montaña que va hasta Piedrahíta, se encuentra el puerto de Peña Negra, mirador sobre los valles del Tormes y del Corneja. Navalperal guarda una plaza y una fuente que valen aún más que su buena iglesia. En la Aliseda es de ver el retablo y de pasear el puente, airosamente tendido. Por la derecha, en lo alto, Horcajo, Navasequilla y Lastra son tentación en la que caer. Para no entrar deprisa en El Barco nos desviamos a Bohoyo, y tras ver allí la fuente, la pequeña y bien trazada ermita del Santo y todas y cada una de sus sugerentes casas -ni más, ni menos- podemos desviarnos por Los Llanos hacia Navamures, Tormellas, Navalonguilla o la Nava, y recordar allí todo lo aprendido sobre la arquitectura popular y sus sencillas y sabias soluciones al ver tanto edificio que nos desmerece en tan colosal marco. Y dado que no sólo de piedra vive el hombre, si se llegó hasta Navalguijo se debe entrar en cualquiera de sus tascas y comer buenamente lo que buenamente hubiere (cosas sencillas: patatas revolconas, judías, huevos, tortillas, cabrito en caldereta, matanza). La vuelta servirá también para llegar a El Barco desde el oeste, otra vez siguiendo al Tormes. El río, la ermita, el puente, el castillo y el caserío, todo de El Barco, aparecen ante el viajero, urbanícola irredento, como un sueño que es posible, cierto y abarcable. La gracia está en el conjunto, que ermitas, murallas, castillos y casas hemos visto ya muchos. La gracia está en el Tormes, que es un río como Dios manda y lleva hasta sus truchas, y en el puente medieval, de inmensos tajamares y apuntados arcos, que cumple con exceso de belleza su obligación de unir las dos orillas. Obligado es subir hasta la torre del homenaje del castillo y confirmar desde lo alto la aparición vivida y recorrer pausadamente toda la belleza que la naturaleza despliega ante nosotros. Luego, calle Mayor hacia adelante, o en la plaza de hermosos soportales, detenerse a beber el vino de la amistad con la compañía que se lleve o que se encuentre, y entrar en la colosal iglesia, de recrecidos muros, con algo de fortaleza, naves de igual altura, que le dan aspecto de amplio salón, y un buen conjunto de cuadros, esculturas y la fenomenal reja del presbiterio. Es Ei Barco puerta privilegiada de Gredos, lugar para el encuentro y para volver siempre.
EL ARAVALLE Y BECEDAS
Desde El Barco deben plantearse dos cortas y jugosas excursiones: una les llevará hacia el puerto de Tornavacas, hacia Extremadura, siguiendo el Aravalle, sin salir de Ávila provincia: Solana, Santiago de Aravalle y Puerto Castilla son las tres paradas. La otra, camino de Béjar, hacia Becedas, San Bartolomé, Neila, Medinilla y Gilbuena. Es consejo que se agradecerá, y además, con tanta ida y vuelta, se vuelve a ver y a pasar suficientemente la maravilla de el puente de El Barco. En Santiago debe uno sorprenderse y detenerse ante torre e iglesia; en Solana y Puerto Castilla se trata de pasear y mirar una vez más. La parroquia de Becedas es pieza destacada, con torre con dos cuerpos en lo interior, atrevidos arcos diafragmas, bien volteadas bóvedas en la capilla mayor, y en el coro y sotocoro, portada renacentista y un retablo manierista. Ella sola justifica el viaje, pero el pueblo todo guarda una arquitectura popular de recio porte, emparentada con la de Béjar, Candelario... Cualquier piedra, cualquier robledal, cualquier riachuelo son sitio apropiado para hacer un alto y no hacer otra cosa que mirar y mirar, y si más altas se quieren las miras, las torres de Santiago de Aravalle y Becedas pueden ser espléndido observatorio sobre un paisaje aún más espléndido (desde la de Santiago pueden admirarse las sierras de Béjar y El Barco, y desde la de Becedas, la última y el apacible valle del Becedillas). Saliendo de Becedas debe volverse, dando un corto rodeo, por San Bartolomé, Neila, Medinilla y Gilbuena. Si tiempo hay se verán las iglesias y las varias ermitas rurales de la zona, y en todo caso se reconocerán los puentecillos que jalonan el riachuelo que forma la mayor calle de San Bartolomé, viendo la más sugerente arquitectura popular de la zona, y se detendrá uno ante la espadaña que en Neila de San Miguel se alza sobre un inmenso peñascal. Puede usted no parar en los templos de Medinilla y Gilbuena: usted se lo pierde. Otra vez en El Barco, permítanme que les recuerde algo obvio: en El Barco de Ávila se comen las magníficas judías de El Barco de Ávila, y además, en los fogones cercanos al río Tormes se pueden encontrar las truchas del Tormes, y el ganado autóctono de estas tierras es el de raza avileña ¡La mejor carne de Ávila! Buen provecho. Y para después puede repetirse lo ya sabido: ermita, puente, río, bellas calles y amable acogida. Más adelante puede volverse. Tormes arriba, hacia Gredos, o acercarse hasta el valle de El Corneja, donde Piedrahíta y Bonilla son cita obligada.


