Este artículo aborda el polémico tema de la trashumancia prerromana, con atención especial al sector occidental de la meseta: territorios vetón y vacceo. En una primera parte se ofrece un repaso general de las opiniones vertidas al respecto por la historiografía del siglo XX. Tras el mismo, se propone un nuevo modelo de entender la trashumancia antigua. En este sentido y al amparo del potencial ganadero de la meseta, del trazado cañariego y de la contemplación de distintos testimonios y modalidades de contacto entre comunidades prerromanas, se defiende la existencia de una destacada circulación ganadera bajo la idea de que los rebaños, en tanto principal bien de riqueza, transitan como mercancía primaria en las redes de relación e intercambio que vetones y vacceos trazan entre sí y con otras entidades indígenas.
Uno de los debates más fecundos dentro del análisis económico de la Iberia antigua es el de la trashumancia, más propiamente el de su origen, debido al interés y a la controversia que despierta en la historiografía. El tema ha sido abordado desde diferentes campos (histórico, paleozoológico, medio-ambiental, geográfico, cultural...), lo cual contribuye a que a una mayor -y por tanto más útil- oferta informativa acompañe una dificultad también creciente a la hora de concentrar posturas. En la medida en que puebla un medio natural, se alimenta de lo que éste brinda cíclicamente y está a expensas del clima reinante, la fauna silvestre o doméstica no sólo es protagonista de un ecosistema sino que, al igual que el hombre pero en otra dimensión, puede actuar sobre las limitaciones que aquél le imponga. Éste es el marco que da sentido a la trashumanciaque, al margen de apropiaciones históricas y de la naturaleza de su impulso, cabe definir como el desplazamiento alternativo y periódico de partidas animales entre dos regiones opuestas medio-ambientalmente con el fin de aprovechar la complementariedad vegetal establecida entre ambas zonas a través del ciclo estacional. Precisamente la climatología y la orografía contrastadas del espacio meridional europeo hacen que la Europa mediterránea represente el teatro principal del acto trashumante. En la Península Ibérica, como es bien sabido, el movimiento trashumante se resume en la "bajada a extremos" que desde las zonas montañosas de la meseta septentrional -agostaderos o pastos estivales- se realiza a las dehesas extremeñas, andaluzas y manchegas -yerbas invernales-, asegurándose así la alimentación de los ganados con el aprovechamiento de los pastizales periféricos en viajes semi-anuales y complementarios.
Al parecer, según indican antiguas intuiciones retomadas después por la Biogeografía y abanderadas con fuerza por ecologistas y naturalistas en nuestros días, el sentir trashumante lo inauguran como comportamiento natural las manadas de animales prehistóricos a partir, probablemente, de los cambios climáticos producidos en la transición Pleistoceno-Holoceno. Estos iniciales desplazamientos estacionales son intensificados por el hombre paralelamente al proceso de domesticación y, cuando éste es ya dueño de su ganadería y vive en estadios culturales más avanzados, los rebaños siguen atravesando distancias de ida y vuelta al ritmo que marca ahora la experiencia humana. El valor funcional de esta mecánica no está exento de cierta confusión, cuando historiadores, arqueólogos y antropólogos mezclan sin definir ni diferenciar claramente conceptos como trashumancia, pastoralismo, trasterminancia, economía ganadera nómada, desplazamientos ganaderos complementarios, etc.
No entra en el propósito de nuestro trabajo ni nos consideramos en situación de poner orden a este cajón de sastre. Tampoco encontrará el internauta en esta página un ensayo de definición de los sistemas pecuarios operativos en las comunidades del interior peninsular durante la Protohistoria, ni siquiera del modelo ganadero imperante. Únicamente vamos a revisar de forma sucinta las principales direcciones tomadas por la investigación del siglo XX en relación al cuestionamiento de la trashumancia en la Hispania prerromana, para en una segunda parte ofrecer la impresión personal que los desplazamientos cañariegos nos merecen como forma y fondo de transmisión cultural, todo ello desde la perspectiva geográfica de la meseta occidental, el espacio habitado en la Edad del Hierro por los pueblos vetón y vacceo sustancialmente, y en función de nuestro interés por los fenómenos de contacto e intercambio en tiempos prerromanos.
1- LA TRASHUMANCIA PRERROMANA.
Con desigual intesidad según autores y épocas se apuntó desde décadas atrás -y sigue planteándose- que la trashumancia a larga distancia es una práctica arraigada en la Península Ibérica, entre otras razones porque está efectivamente atestiguada en otras esferas clásicas del Mediterráneo, como la Hélade, la Península Itálica y algunas regiones de la Galia y Dalmacia, y porque parece contradictorio admitir que las tierras originarias del sistema pastoril más complejo, la Mesta , no hubieran conocido algo similar no ya en época romana sino en en los más nebulosos tiempos pre y protohistóricos.
1.1 El positivismo de la primera mitad del siglo XX: Aceptación acrítica de una trashumancia sin definir.
A finales del siglo XIX y en las décadas iniciales del siglo XX, los primeros estudiosos del pasado hispano aceptaron muy generalizadamente la práctica trashumante en Iberia, con particular intensidad en la meseta occidental, la región más claramente afectada por el trazado de las cañadas históricas de todo el conjunto peninsular (vide infra). En varios de aquellos ensayos inaugurales, el sentido dado a la trashumancia -
1.2 El rechazo de la trashumancia (1950-1970/80): Ni exigencia medioambiental, ni disposición humana. A partir de los años 50, una crítica histórica más firmemente asentada niega la existencia de la trashumancia como tal con anterioridad a su oficialidad medieval . Varios son los factores que se esgrimen; por ejemplo, la ausencia de una necesidad real para dicho mecanismo ganadero en tiempos protohistóricos en los que habría una suficiencia de pastos y un contraste climático menos acusado. Pero la razón principal es la imposibilidad de aceptar una regulación que asegurase el correcto funcionamiento del ciclo trashumante en un momento tan temprano y entre regiones distantes y adscritas a diferentes entidades étnicas caracterizadas por la fragmentación política y las continuas guerras de unos contra otros. Un clima de inestabilidad y hostilidad permanentes como el que se supone para aquellos pueblos haría imposible que los rebaños pudieran realizar largos recorridos. Ello cierra la puerta a la consideración real de la trashumancia, si bien algunos autores no encuentran reparos en aceptar la existencia de movimientos ganaderos menores (trasterminancia) entre montañas y valles, pero dentro de un mismo territorio étnico. Así piensan J. Caro Baroja y J. Maluquer de Motes , a los que siguen en líneas generales J.Mª. Blázquez y ya en la década de los ochenta, F.J. Lomas y F. Fernández Gómez . Esta postura escéptica es con pequeños matices la que mantienen en la actualidad los más señalados estudiosos de la Mesta medieval y moderna, caso de P. García Martín .
1.3 En busca de la trashumancia prehistórica (1970/80-1990): megalitos, dispersión cerámica y estelas. Curiosamente, en esa fase de revisión crítica, en concreto a mediados de los años setenta y de la mano de la aproximación prehistórica, una parte de la investigación resucita la vieja idea de la trashumancia ibérica haciéndola llegar a momentos clásicos de la Prehistoria como son el III milenio a.C., la cultura de Cogotas I del Bronce Medio-Final y, poco después, el tiempo de las estelas del suroeste en vísperas del Período Orientalizante. En estos tres horizontes culturales el factor trashumancia es valorado como comportamiento económico a partir del reflejo del que hacen gala una serie de construcciones simbólicas o elementos de la cultura material interpretados, en cualquier caso, como propios de sociedades pastoriles en movimiento. Son los casos de los monumentos megalíticos para la era calcolítica, de la difusión de cerámica excisa y de boquique desde el interior peninsular hacia puntos periféricos del Levante y Mediodía principalmente, y de las mismas estelas del suroeste.
Comenzando por el primero de ellos, la interpretación de los megalitos como marcas territoriales en relación a vías ganaderas fue defendida inicialmente por E.S. Higgs . Esta atractiva tesis se ha mantenido hasta nuestros días con modificaciones pertinentes , pero también es cierto que ha recibido contestaciones críticas desde el momento de su aparición, especialmente por parte de investigadores anglosajones que justifican su rechazo en la ausencia de estructura jurídica e infraestructura técnica entre aquellas sociedades para garantizar el paso de pastores y ganados por tierras ajenas y para asegurar al viajero el usufructo de los pastos en los lejanos lugares de destino .
En segundo lugar dedicaremos algunas líneas más a la presencia de elementos cerámicos de Cogotas I fuera de su área nuclear meseteña y a su relación con la circulación pastoril. La irrupción en yacimientos andaluces y levantinos de cerámicas cogoteñas fechadas de forma discontinua en el llamado Bronce Tardío, a partir de los siglos XIV-XIII a.C., se entendió como testimonio de la llegada de pastores trashumantes meseteños, especialmente en poblados situados en el extremo de cañadas ganaderas como el granadino de Purullena, donde prolifera esta tipología cerámica . El fenómeno trashumante como exégesis de la propagación de dicha cerámica extrameseteña se ha mantenido hasta la década de los 90 con algún matiz corrector, sustituyéndose por ejemplo el sentido original expansionista o pseudo-invasionista por el de tímidas infiltraciones impulsoras de intercambios comerciales . Sin embargo el panorama está cambiando en los últimos tiempos gracias a nuevos hallazgos y a la revisión del contexto y de la cronología de este material cerámico . Además, la analítica de pastas recientemente practicada está revelando el carácter local de las producciones de tipo Cogotas I en la orla periférica , todo lo cual desestimaría entender estas relaciones en función sencillamente de ganaderos itinerantes desplazados desde la meseta, más aun cuando aproximaciones al modelo ganadero del Bronce Final peninsular muestran, a pesar de la precariedad de datos, el predominio de un pastoreo simple y de subsistencia integrado en una economía predominantemente agrícola . Así, en la actualidad se está arrinconando el móvil pastoril y se proponen en su lugar otras vías en la interpretación de tales contactos. Parece que estas cerámicas mostrarían la transmisión gradual de una moda decorativa de origen meseteño en otros repertorios alfareros a través de diversos e interrelacionados mecanismos como, entre otros, prácticas de intercambio entre élites a larga distancia selladas con regalos políticos, la comercialización de metales más o menos demandados y/o de productos como sal, cereales o ganado, etc. En dichas relaciones la vajilla cogoteña pudo funcionar inicialmente como bien de prestigio de filiación meseteña, testimoniando incluso nuevos hábitos alimenticios y fórmulas sociales, para en una segunda fase pasar a ser adaptada ya en la alfarería local de las regiones periféricas como estilo ornamental denunciante de antiguos vínculos interregionales .
En lo tocante a las estelas del suroeste, por último, es bien sabido que algunos autores las tienen por hitos de paso en itinerarios trashumantes y comerciales . Se trata de una explicación similar a la argüida bastantes años antes para los verracos prerromanos . En todas estas propuestas el diagnóstico de dichos monumentos es el de referentes físicos de un lenguaje simbólico de comunicación entre gentes y territorios. No obstante, tanto para el caso de las estelas como para el de verracos y construcciones megalíticas, la opinión generalizada defiende, por encima de la explicación económico-territorial, el sentido funerario de dichos elementos culturales, sin desestimar por ello otras connotaciones simbólicas.
1.4 La trashumancia en nuestros días: de la revisión de las fuentes escritas a los modelos de arqueología espacial. No sabemos si debido al acicate despertado por la metodología arqueológica o más probablemente por la aparición de nuevos datos sobre la Segunda Edad del Hierro y ante la reinterpretación de la información literaria y epigráfica, el caso es que en los últimos años la historiografía dedicada a la Hispania prerromana vuelve a insistir en las posibilidades de la trashumancia antigua, en distinto grado y sobre apoyos oportunos.
Un trabajo importante en esta línea es el que L. A. García Moreno dedica al sector ganadero en un momento de transición como es el período visigodo. Este análisis ha sido un punto de referencia para trabajos posteriores sobre el tema, a pesar de haberse omitido su cita en más de una ocasión. En el mismo y a partir del repaso del código legislativo visigodo y de las fuentes literarias cristianas más tempranas, García Moreno llega a la conclusión de que en los siglos V-VII se practicaban en la Hispania central y occidental movimientos ganaderos de cierto peso, ajustados a fechas precisas y custodiados por normas jurídicas de protección y regulación, emparentables de alguna forma con el fenómeno clásico de la trashumancia. Desde el campo de investigación que podemos llamar arqueología textil, C. Alfaro sugiere la existencia de trashumancia ovina en la Tarraconense desde tiempos prerromanos, otorgando gran importancia a la oveja de lana oscura y áspera característica del interior y asimilable a la variedad churra. Lo mismo se ha hecho a partir de la revisión de los clásicos. Así por ejemplo, P. Sáez evalúa el potencial ganadero de la región extremeña a ojos de los textos literarios y termina por reconocer, de forma un tanto vaga, la posibilidad de una trashumancia entre la Bética y Lusitania, en torno a Sierra Morena. Desde unos años atrás, M. Almagro Gorbea tampoco ve reparos en asumir la existencia de la trashumancia con arranque a inicios del Ier milenio a.C., haciendo uso de fuentes de distinta naturaleza y cronología. Según su planteamiento, en el centro y occidente peninsulares se documenta un sustrato cultural de economía básicamente ganadera remontable a la Edad del Bronce y comparable al de otras regiones de la Europa atlántica, lo que favorece la formación de élites guerreras como consecuencia de la jerarquización que exige la defensa de los ganados y el control de vías y zonas de pastos. Para este autor la trashumancia se relaciona estrechamente con la formación de cuerpos guerreros que han de proteger las vías de paso y, en sentido extenso, con la eclosión de formas sociales complejas (principes, equites, devotii o clientes...) y de modelos de concentración urbana (oppida y civitates) . Desde una perspectiva paleoetnográfica a nuestro juicio insuficientemente depurada, Almagro Gorbea utiliza la trashumancia como vehículo a través del cual explicar la expansión del grupo celtibérico desde la meseta oriental por áreas marginales del oeste y norte peninsular a partir del siglo VI a.C., dentro del modelo de etnogénesis. defendido por este investigador .
Más concienzuda nos parece la tentativa de J. Gómez Pantoja quien, utilizando el título de uno de sus artículos, emprende una esforzada búsqueda de los pastores hispanos revalorando testimonios literarios ya apuntados (las laudes pecuniae Hispaniae, los escuetos apuntes visigodos y altomedievales...) y recurriendo sobre todo al apoyo epigráfico, una vía novedosa abierta por este autor . En su hipótesis establece que los desplazamientos de celtíbero-romanos reconocidos por la epigrafía funeraria, principalmente uxamenses y clunienses, no responderían a factores tradicionalmente supuestos como la prestación de servicios en zonas mineras, sino que obedecen a una dedicación ganadera como pastores trashumantes, habida cuenta que la localización de los hallazgos epigráficos se corresponde con el trazado de cañadas como el seguido por la Soriana Occidental hacia los invernaderos extremeños y béticos, y con puntos de paso importantes en torno al Sistema Central y al Tajo, caso de Cáparra . La conclusión de Gómez Pantoja bien podría ser la de la existencia de cañariegos en tiempos antiguos con una connotación tan importante que sin la cual las fuentes de riqueza, los movimientos demográficos, su distribución territorial y la misma conquista de Hispania por Roma no alcanzan su sentido pleno. Pero el autor vence la tentación de sentenciar dicho juicio para, fiel a la realidad, concluir resaltando "un panorama descorazonador: documental y metodológicamente, las formas de vida pastorales, incluida la trashumancia, son especialmente invisibles para el historiador que no se arriesgue a ir más allá de la certeza documental" . Conjugando datos diferentes, M. Salinas ha planteado muy recientemente la conexión geográfica y temporal de tres fundamentos para debatir con un horizonte más abierto el viejo tema de la trashumancia : a) las téseras de hospitalidad, b) el itinerario de las cañadas históricas y c) los recorridos guerreros de los grupos indígenas reconocidos en las fuentes . En efecto, las incursiones de lusitanos, vetones y otros indígenas por el sur luchando contra Roma y sus aliados (Livio, XXXV, 1; XXXV, 7, 8; XXXV, 22, 8; Apiano, Iber., 56-58; Diodoro, V, 34, 6; etc.) prefieren leerse hoy en clave alejada del dictado absoluto de los escritores clásicos, inflado de prejuicios y bajo el prisma desajustado de la alteridad ideológica, y, en este sentido, se insiste en las posibilidades de otear detrás de estos "bandoleros" lusitanos la figura de agentes trashumantes desplazándose hacia yerbazales meridionales de invierno .
Desde otro punto de vista, ahora bajo el auspicio de la arqueología espacial al servicio de la Protohistoria peninsular, la actividad pastoril a media y larga distancia ha vuelto a ser barajada con fuerza. Citamos al respecto dos ejemplos significativos que tienen la ventaja adicional de corresponderse con el espacio de los dos pueblos meseteños objeto de nuestro análisis, vetones y vacceos. En primer lugar, a decir de J. Álvarez Sanchís la economía vetona del valle abulense del Amblés tenía quizá su principal baza en la práctica trasterminante del vacuno y el paisaje ganadero estaba caracterizado, por lo tanto, por la frecuencia de movimientos de rebaños a corta distancia explotando la riqueza natural de las dehesas del entorno septentrional de la Sierra de Gredos . Este autor, sin llegar a resucitar del todo la vieja tesis de Paredes Guillén, considera dentro de un contexto socio-económico a los verracos como símbolos delimitadores de pastos -en manos de las élites emergentes de los oppida vetones-, asociados mayoritariamente a pastizales de invierno (95% de los ejemplares en el valle del Amblés) y próximos a las cañadas . Para el caso vacceo, J. M. Sierra y L. C. San Miguel ofrecen un interesante estudio sobre la estrecha relación entre el asentamiento vacceo y el trazado de las cañadas por aquellas tierras castellano-leonesas . A partir de este dato, de otros literarios ya presentados y del análisis espacial que realizan , estos autores no vacilan al subrayar el fuerte peso que en la economía vaccea de la Segunda Edad del Hierro tienen la trashumancia y el aprovechamiento secundario de los productos del ovino, frente a la escasa especialización del ganado vacuno .
Entre las últimas aportaciones al tema haremos mención, finalmente, de dos aproximaciones que, partiendo de particulares análisis arqueofaunísticos , vuelven a ahondar en la polémica sobre los primeros estadios de la trashumancia peninsular. Por una parte, hace pocos años un grupo de jóvenes arqueólogos de la universidad de Friburgo examinaron una serie de restos de fauna doméstica de distintas épocas (desde el Calcolítico al Hierro) y yacimientos (vallisoletanos, ciuadadrealeños, madrileños y sorianos) con vistas a establecer la cantidad de mercurio acumulada y, en función de su tasa, intentar establecer alguna consideración sobre la identificación de posibles movimientos de rebaños hacia la región manchega de Almadén, rica por sus reservas de mercurio en forma de cinabrio ; aun habiendo puesto en comparación estos índices prehistóricos con muestras de cantidades de mercurio en restos faunísticos contemporáneos de la zona de Almadén, los resultados de este original proyecto se han revelado insuficientes a la hora de elevar deducciones definitivas sobre la exégesis trashumante. De otro lado, un reciente y completo trabajo interdisciplinar sopesa la movilidad estacional del ganado entre distancias importantes para los pueblos prerromanos del interior, con atención especial a los grupos celtibéricos ; la novedad de este artículo reside en que se toma como elemento de guía en la evaluación de la trashumancia, además de otros datos arqueológicos y literarios, la presencia de mastines ibéricos u otros perros pastores de gran talla atestiguados en enclaves de la Edad del Hierro meseteña como Soto de Medinilla y Montealegre del Castillo (Valladolid), Castilmontán en Somaen (Soria) y La Hoya en Álava.
A pesar del incremento de pistas en la valoración de la trashumancia antigua y del avance metodológico de los últimos años, aun hoy carecemos de respuestas básicas para la reconstrucción histórica del tema que nos ocupa; por ejemplo, el volumen de los rebaños en tránsito; la organización de la práctica trashumante (¿iniciativa colectiva, iniciativa particular?); la relación del ganado semoviente con otros modelos de ganadería estacionada; el carácter de rutas, estacionamientos, pastizales y puntos de destino; la temporalidad de los movimientos o la repercusión de los mismos en la organización socio-económica de los grupos participantes, trátese de emisores, intermediarios o receptores últimos.
2- UN NUEVO ENFOQUE EN LA APROXIMACIÓN AL ESTUDIO
Llegados a este punto y al amparo de la pequeña revisión historiográfica que acabamos de esbozar, es hora de intentar ofrecer una valoración personal. Para alcanzar una conclusión final sobre la viabilidad de la trashumancia en el ámbito occidental de la meseta durante la Protohistoria, hay que evaluar previamente los aspectos de forma y de fondo de dicho escenario con el fin de comprobar si se ajustan a las exigencias de los recorridos ganaderos de ciclo largo. Se trata de acercarnos a la infraestructura técnica y humana y a las bases y/o necesidades presentes en aquellas poblaciones para ver si eran suficientemente válidas como para dotar de sentido la puesta en funcionamiento de una circulación pastoril importante.
2.1 El potencial ganadero, una realidad incuestionable. En primer lugar, no cabe dudar de la trascendencia del ganado en la vida de los pueblos preromanos de la Iberia profunda, especialmente en las entidades meseteñas, caso de vetones y vacceos. Sin duda alguna se trata del sector económico más característico del pueblo vetón y de una base fundamental de riqueza para los vacceos, aunque por detrás probablemente de la dedicación agrícola. La variedad y profusión de la cabaña ganadera en estas regiones están convenientemente atestiguadas por diferentes fuentes . Señalamos de forma resumida los siguientes indicios: 1) las noticias de autores clásicos e incluso alguna referencia epigráfica ; 2) los análisis osteológicos llevados a cabo sobre muestras faunísticas, los cuales señalan para los hábitats vetones el predominio de ovicaprinos (primero cabras y después ovejas), seguido de bovinos y porcinos , y para los vacceos una mayor presencia de bóvidos, en general, a la que continúan los índices de ovinos, caprinos y porcinos por ese orden ; 3) la existencia en la mayoría de oppida de recintos murarios vacíos de estructuras identificados tradicionalmente como encerraderos de ganado ; 4) el propio testimonio de los verracos que sin necesidad de aprehender su finalidad última nos está hablando de la asiduidad del cerdo y del toro en estas comunidades y de su valor socio-económico ; 5) la frecuencia de otras manifestaciones plásticas zoomorfas en la cultura material (figurillas de bronce, fíbulas, decoraciones cerámicas, terracotas, armas...) ; 6) la abundancia de pastizales en el entorno de los lugares de habitación y la concordancia
medio-ambiental de esta parte de la meseta en relación a la explotación ganadera ; etcétera.
La masa ganadera parece por tanto que fue extensa y de calidad, especialmente entre los vetones. No vemos objeción en admitir que se trata de un valor riqueza fundamental. En consecuencia pudo convertirse en artículo de alta cotización tanto para pueblos vecinos con escasez de rebaños, que capturarían un sinfín de reses en sus ofensivas, como para los grupos vetones y vacceos más potentes, que utilizarían su probable excedente animal como mercancía o moneda de cambio para comerciar con otras regiones demandantes de ganado o de alguno de sus productos. Es decir, con razón de ser en la ganadería se pudieron propalar formas de contacto intercomunitario, entendidas éstas en un sentido doble: interacciones violentas (enfrentamiento, robo, botín, tributo...) e interacciones pacíficas (intercambio, regalo, comercio...).
2.2 La red cañariega, un referente relativo. Pasemos a la infrestructura técnica, esto es, las vías por las que hubieron de circular los rebaños. La red de caminos del interior peninsular se desplegó en función de la disposición geográfica y de las necesidades de los hombres protagonistas de aquel tiempo. Ahora bien, resulta prácticamente imposible singularizar los recorridos que estuvieron activos en época anterromana . Debido a la ausencia de restos estructurales, las principales pautas de aproximación a las vías de comunicación protohistóricas son las siguientes: las escasas noticias sobre caminos contenidas en las fuentes literarias; los lugares de paso obligado (puertos en el salto de montañas y vados en el cruce de ríos) denominados puntos nodales de comunicación; la viabiliadad caminera de una región o potencialidad de comunicación ofrecida por un marco geográfico determinado; los hallazgos arqueológicos alrededor de rutas escondidas, jalones de antiguos movimientos camineros; el trazado viario romano y otros itinerarios medievales y modernos, a los que se acude con la presunción de encontrar el bosquejo de rutas utilizadas con anterioridad; y, lógicamente, las vías pecuarias más importantes, sobre las que nos vamos a detener por un momento La trama de cañadas históricas articula en sentido norte-sur y más puntualmente noreste-suroeste el espacio geográfico de vacceos y vetones. Este doble territorio está atravesado por cuatro cañadas:
1) La cañada Real de la Plata o de la Vizana . Transcurre desde la frontera astur-leonesa (puerto de Somiedo), pasando por Babia, el Bierzo, el puente epónimo de la Vizana próximo a Astorga y Benavente. Cruza el Duero por Zamora, el Tormes por Salamanca, franquea el Puerto de Béjar, baja por Plasencia y más al sur en Aldeanueva del Camino los ganados pagaban portazgo. Atraviesa el Tajo por el parque de Monfragüe a la altura de la confluencia con el Tiétar, y llega por la penillanura trujillana hasta el vado de Medellín sobre el Guadiana, para alcanzar poco después Mérida. Su recorrido coincide en muchos tramos con el Iter ab Emerita Asturicam .
2) La cañada Real Leonesa Occidental . Une las estribaciones cantábricas (Puerto de Ventana, entre Asturias y León) con Mérida y el sur de Badajoz, a través de la provincia de León, el occidente de la de Valladolid -con pasos principales en Medina de Rioseco, Tordesillas y Medina del Campo-, y la comarca de La Moraña en Ávila. Cruza el Sistema Central bien por el puerto de Candeleda o, con mayor frecuencia, por el paso del Puerto del Pico-Ramacastañas, para bajar al Campo Arañuelo y atravesar el Tajo por el vado de Miravete. Este sector cacereño es la antesala del paso por Trujillo, punto en el que el camino se une a la vía de la Plata y, fusionadas ya ambas cañadas, hacen el recorrido hacia Medellín y la región emeritense, hasta alcanzar el suroeste de Badajoz y el reborde bético.
3) La cañada Real Leonesa Oriental . Si las dos anteriores horadan el corazón de los países vetón y vacceo, ésta lo hace por su margen más oriental. Parte del noreste leonés en las cabeceras del Esla-Cea en torno a Riaño, y se conduce por el occidente palentino hasta Valladolid, de ahí a la provincia de Segovia (Campo Azálvaro) y después al mediodía abulense para cruzar el Sistema Central entre Guadarrama y Gredos por la Venta del Cojo, uno de los principales puertos reales de la Mesta en el siglo XV. Desde aquí, pasando junto a los Toros de Guisando y al valle del Alberche, se encamina por la Jara toledana hacia Puente del Arzobispo, que es vado sobre el Tajo. Bordea el sureste de la provincia cacereña y arriba finalmente a tierras pacenses, cordobesas y sevillanas. 4) La cañada Real Soriana Occidental . La última de las rutas que afectan a nuestra geografía arranca de la Sierra de Cabrejas al norte de Burgo de Osma y siempre en dirección suroeste visita el occidente inferior de la provincia de Soria y el sur segoviano en línea paralela al Sistema Central (Sierras de Ayllón, Somosierra, Guadarrama), hasta entrar en la provincia abulense junto a la Sierra de Malagón. Atraviesa la ciudad de Ávila y transcurre hacia occidente por el centro de la provincia, la llamada serranía pobre. El paso del Sistema Central se realiza desde Piedrahita, saltando el Tormes en Puente del Congosto, hasta llegar a Béjar y descender por su corredor a la submeseta sur (en esta zona se produce el cruce con la cañada de la Plata, y ambas rutas siguen durante un tiempo el mismo recorrido); aunque tampoco hay que descartar una ruta alternativa por Piedrahita-El Barco de Ávila-puerto de Tornavacas hacia el valle del Jerte y Plasencia. Desde la comarca placentina, la cañada soriana occidental se dirige en dirección suroeste hacia el Tajo, que es atravesado a la altura de Alconétar en Garrovillas, para llegar después a la capital cacereña y desde ahí encaminarse hacia la meta de Valverde de Leganés, punto que se alcanzaba cruzando pocos kilómetros antes el Guadiana por la misma capital pacense.
Si situamos los principales yacimientos vetones y vacceos sobre el mapa cañariego de la meseta occidental, queda clara la asociación entre ambos protagonistas, asentamientos y caminos .Como ya se ha dicho, esto no tiene mucho de especial si consideramos que en líneas generales cañadas, veredas y cordeles son las aperturas más antiguas, naturales y lógicas en la comunicación espacial, tal como explican el amoldamiento de algunas de las calzadas romanas más señeras al viejo derrotero cañariego o la reutilización hasta nuestros días de muchos de los vados y puertos de montañas inaugurados por aquellas sendas pecuarias. De lo claro a lo obvio: los núcleos de población antiguos, además, nunca fueron islas, sin perjuicio de la fuerte resonancia del juicio estraboniano (Estrabón III, 3, 8) en la historiografía tradicional.
En este punto, pues, parece que tampoco es arriesgado extrapolar la cartografía de las cañadas al horizonte protohistórico en lo tocante al funcionamiento de direcciones e itinerarios sólo aproximados. Ello no nos permite concluir, sin embargo, que las cañadas históricas fueron en la Protohistoria caminos establecidos y definidos ya en todo su trayecto . De la misma manera tampoco hay datos suficientes para asumir en los mismos una circulación ganadera semejante a la de los siglos medievales y modernos.
2.3 Las formas de contacto en la meseta prerromana. Datos y propuestas sobre un aspecto poco atendido. Ahora bien, ¿fueron las comunidades que habitaron las tierras de ambas mesetas en aquel tiempo capaces de concordar y respetar la circulación de cabezas de ganado en tránsito por sus territorios?. Sin duda estamos en el punto crítico del debate sobre los orígenes trashumantes. Antes de haber emprendido este estudio y a tenor de lo razonado por los especialistas, nuestra respuesta a tal pregunta habría sido negativa o, todo lo más, conforme con un "sólo en ocasiones puntuales y entre distancias limitadas".
Sin embargo, la infraestructura humana del área que venimos estudiando da pie a pensar, no sin algún riesgo, que tal vez sí. Esto es, vetones y vacceos pudieron crear mecanismos de relación a distintos niveles entre sí y con otros pueblos, capaces de asegurar migraciones estacionales de ganado con carácter discontinuo, porque éste funcionó no sólo como medio sino como fondo de interacción. En favor de esta suposición podemos incluir diferentes aportes documentales.
En primer lugar, al lado de un supuesto estado de guerra endémica, estos grupos intercalan también políticas de alianza, amistad e intercambio con el exterior. El sesgo con que estas acciones se muestran en los registros informativos permite atisbar, no obstante, una expresión atenuada de su alcance real. En efecto, es frecuente la aparición en la bibliografía de expresiones del tipo "armas alzadas a perpetuidad", "actitud guerrera permanente", "innata tendencia autodestructiva", "particularismo exaltado o feroz individualismo de las tribus ibéricas"... No dudamos del desarrollo de conflictos intercomunitarios, de asaltos, de botines robados y de acciones mercenarias, pero a nuestro juicio se ha exagerado el alcance del ejercicio guerrero en estas poblaciones, tenido no pocas veces como agente único de enriquecimiento económico. Aunque se trate de una información tardía y no exenta de intecionalidad, si hacemos acopio de las fuentes textuales para el caso de los pueblos que estudiamos son muchas más las veces que éstos actúan confederados en tareas de asociación, auxilio y refugio frente a Roma o sus aliados que enfrentados entre sí , a pesar de la insistencia de los clásicos en el talante guerrero de los indígenas hispanos . Consideramos que no se han ponderado suficientemente otras actitudes político-territoriales fuera de las relacionadas con la guerra, hasta el punto de que ésta ha monopolizado la manera de entender cualquier tipo de relación exterior, no sólo con Roma sino también entre las mismas unidades indígenas.
Sin embargo, somos de la opinión de que las relaciones que las gentes meseteñas establecen con ámbitos exteriores han de integrarse en el horizonte más amplio posible. En contra de lo sostenido tradicionalmente, contemplamos que además de en términos guerreros, también se articulan contactos con fines pacíficos, diplomáticos y/o comerciales. En el fondo, en muchos de estos ejercicios las circunstancias de guerra y paz están tan estrechamente relacionas que forman parte de lo mismo. Esta diplomacia interregional es de difícil percepción en el registro documental, pero encontramos algunos atisbos. Las asociaciones militares interétnicas recogidas por las fuentes que acabamos de referir, los pactos que los indígenas firman con Roma en tiempos de conquista, el hábito hospitalario del que nos ocuparemos seguidamente, amén de otros testimonios en esta línea, pueden refrendarse con cierta moderación como proclamas tardías -afectadas de intención romana si se quiere- de usos tradicionales entre entidades indígenas. Junto a ello, la arqueología constituye una apoyo esencial, con la ventaja de que nos está hablando de un tiempo anterior no alcanzado por los testimonios escritos.
En el solar meseteño aparecen desde el Período Orientalizante y manteniéndose en los siglos posteriores con un cambio en la dirección de los contactos, una serie de hallazgos de reminiscencia ibérico-mediterránea: variedades cerámicas (griegas, ibéricas...), modelos de armas (falcatas, espadas de frontón, discos-coraza...), recipientes y otros objetos de bronce (braserillos, broches de cinturón, exvotos...), joyas, adornos de pasta vítrea (cuentas y colgantes, ungüentarios...), que pueden tomarse como importaciones, imitaciones o adaptaciones locales de prototipos exógenos, según los casos . En líneas generales, estos elementos exóticos aparecen en contextos deposicionales relevantes y minoritarios, propios de grupos dirigentes revestidos de poder militar. Se trata, en su mayor parte, de ajuares de sepulturas notables donde tales piezas quedan amortizadas como bienes de prestigio. Para nuestro estudio, los casos más señalados están representados en las necrópolis y hallazgos de La Osera (Chamartín, Ávila) , El Raso (Candeleda, Ávila) y Pajares (Villanueva de la Vera, Cáceres) , todos ellos en el cículo vetón, y el marco cronológico tiene su floruit en el siglo IV a.C., aunque arranca de antes y perdura hasta al menos el siglo III a.C. Sin negar otras explicaciones para su llegada y sin extenderlo a todos los objetos de carácter foráneo, proponemos que algunas de estas piezas (especialmente los llamados braserillos ibéricos, ciertas placas de cinturón y armas de parada) por su especial connotación y por hallarse repetidas a veces en otros contextos peninsulares singulares, pudieron desempeñar el papel de regalos diplomáticos sancionadores de un compromiso intercomunitario protagonizado sin duda por élites socio-políticas. Especialmente en el mundo vetón, con una sociedad que podemos definir como guerrero-ganadera, estos intercambios responderían todavía a un mecanismo de transacciones sucesivas de tipo aristocrático, no profesionales y bajo el control de poderes personales.
Se nos escapa el sentido último de tales compromisos por la falta de documentos escritos autóctonos, pero a nivel de hipótesis puede pensarse en acuerdos militares (treguas, suspensión definitiva de las armas, capitulaciones, intercambios de prisioneros, alianzas guerreras y compromiso de mutua defensa), en convenios articulados de cara al intercambio de bienes y excedentes económicos (ganado, cereal, determinados metales, sal, esclavos...), en permisos de paso por los respectivos territorios que incluyan la garantía para las personas y mercancías en circulación, etc. Estos compromisos pudieron sellarse además de con la entrega de obsequios prestigiosos, con intercambio de mujeres y ceremonias matrimoniales entre miembros principales de ambos bandos. La asiduidad de estas relaciones debió ser mayor en zonas cercanas, entre comunidades de un mismo grupo étnico o entre otras pertenecientes a distintas entidades meseteñas, por ejemplo la conexión vacceo-arévaca tan bien testimoniada al hilo de la guerra celtibérica. Pero arqueológicamente, tal como se ha indicado, vemos también una destacada ligazón desde inicios del siglo IV a.C. entre el mundo vetón y algunos enclaves ibéricos del sureste, del ámbito contestano-bastetano. Acuerdos políticos en cualquier caso minoritarios y elitistas.
Otra modalidad de aproximación y sociabilidad entre las comunidades indoeuropeas de la antigua Iberia es la hospitalidad. Este hábito, del que se hacen eco las fuentes (Diodoro, V, 34, 1; Valerio Máximo, III, 2, 21), está bien representado en las geografías vetona y vaccea gracias al hallazgo de varias tesserae hospitalis, especialmente indicativas en el territorio vacceo. Aunque no dejan de ser documentos tardíos forjados en un ambiente de romanidad, habida cuenta de que los ejemplares más antiguos se fechan en el siglo I a.C., parecen recoger tradiciones anteriores amparadas en la comunicación interregional. Funcionan con frecuencia a un nivel interno, dentro del difuso marco de una entidad étnica (intra), pero esta circulación restringida no está reñida con otra más extensa, atravesando territorios de distintos grupos (inter) y superando accidentes geográficos destacados . Las téseras constituyen pruebas de un primitivo derecho internacional, en tanto y cuanto se aprueba el hospedaje, la acogida, la protección, el patronato o el nombramiento de ciudadanía, según los casos, de una figura extranjera en otra local (sujetos bien individuales o colectivos). Nos parece lógico pensar que desde los tiempos más antiguos por debajo del compromiso socio-político, se esconde la articulación de un acuerdo de alcance más amplio, con repercusión cultural y económica. El ofrecimiento de hospitalidad a un forastero comienza por garantizar la llegada de éste a la sede del hospes y seguramente concluye con la contraprestación que aquél o su lugar de procedencia proporciona a la comunidad con la que se vincula. Queremos decir con ello que el sentido último de la hospitalidad entre dos debe valorarse por encima de los nombres de sus pactantes, midiendo la origo geográfica de las partes y viendo en ello buena parte de las razones que llevan a atar dos puntos distantes. Pensamos que la unión de los pactantes lleva consigo, en sentido general, el asentimiento de las respectivas comunidades en aspectos como la libre circulación de personas, y también la de objetos o bienes comerciales, incluso el compromiso de defensa mutua de ambas partes o de lo que transita entre ambos puntos. Todo ello quedaría garantizado en derechos y deberes asumidos por cada uno de los contratantes. Indirectamente, las téseras podrían indicar la materialización de tratados de naturaleza parecida.
En lo referente a las necesidades que enmascararían algunos de estos acuerdos de hospitalidad, se baraja con fuerza la trashumancia, sobre todo cuando el vínculo se establece a más larga distancia y entre áreas de montaña y regiones de herbazales meridionales . Si a lo que llevamos visto (potencial ganadero y abundancia de pastizales; valor riqueza del ganado y obligación de sus propietarios de protegerlo de asaltos enemigos, más aún si son rebaños no estabulados; relaciones e intercambios confirmados en alusiones literarias y testimonios arqueológicos...) añadimos los comentarios que acabamos de hacer sobre la experiencia hospitalaria , podemos deducir que estas poblaciones serían capaces de verificar interétnicamente movimientos ganaderos a través de ejercicios jurídicos emparentables, que no identificables, con la hospitalidad y su registro epigráfico .
Volvemos a insistir en que en el fondo de las conexiones que están siendo observadas ha de sopesarse la impronta ganadera de la economía de los focos meseteños y el hecho de que, como bienes naturales, las cabañas conforman un valor de oferta, cambio y apremio en las políticas de intercambio con el exterior, al margen de que la iniciativa partiera de las comunidades locales o de los agentes exteriores interesados en el potencial ganadero de la meseta. Por descontado que la movilización de los ganados estaba, lo mismo que cualquier otro aspecto, a expensas del clima variable en el que se movían estas gentes. La guerra tenía sus normas, pero también la paz. En la medida en que en tiempos hostiles el ganado era botín atesorable, en tiempos de paz pudo ser mercancía comercial. Por ello en ambas circunstancias las reses debieron correr parejas a grupos de guerreros, quienes, bien como poseedores o más probablemente como encargados de dichas cabañas propiedad de régulos, grandes jefes guerreros o aristócratas, las protegían de posibles asaltos en sus recorridos estacionales, que se verían acotados a distancias breves en tiempos de lucha abierta (transterminancia o alternancia de pastos en el marco de una única región histórico-natural). En tanto que, cuando fuera viable, utilizarían también a los ganados en transacciones comerciales o políticas con otros grupos, atravesando el territorio de varias entidades si era preciso.
Nos hemos atrevido a sugerir en otro lugar que este panorama económico pudo ser una de las motivaciones que llevó al mismo Aníbal en el 220 a.C. a orillas del Duero medio atravesando el territorio vetón por una ruta equivalente a la posterior vía de la Plata . Tal como proponemos, la búsqueda por parte del Bárquida de cereal vacceo y acaso también de cabañas vetonas para abastecer a sus ejércitos de cara a la inminente marcha sobre Italia pudo funcionar como estrategia en dicha campaña meseteña, sin desestimar otras posibles motivaciones políticas. En tal caso, su objetivo pudo verse facilitado por los movimientos ganaderos que en doble sentido norte-sur llevarían realizando aquellos meseteños desde años atrás; un modelo en el que Aníbal parece inspirarse. Ello quedaría demostrado no sólo en el recorrido del cartaginés -un viaje histórico desde los herbazales meridionales del Guadiana hasta los agostaderos de la meseta norte vaccea-, sino en el tiempo nada casual en el que el cartaginés emprende su aventura meseteña. Según Tito Livio (XXI, 5, 5) Aníbal sale de Cartago Nova a comienzos de la primavera, con lo cual si en verdad sigue el Guadiana hasta la parte septentrional de la provincia de Badajoz para desde ahí iniciar la marcha hacia el norte en busca del Tajo, fecha y recorrido serían afines al tráfico ganadero que a esas alturas de la temporada empieza a subir a los pastos de verano de las serranías castellanas. A pesar de la fragilidad de nuestra hipótesis, la misma encajaría bien con la suposición de que Aníbal, informado inicialmente por indígenas de áreas transicionales entre la esfera púnica y la meseteña interior, caso de oretanos o carpetanos, pudo finalmente contactar y ser orientado por grupos de pastores y/o guerreros occidentales que en aquel tiempo apacentaban sus rebaños en los extremos y que se verían más o menos forzados a servir al cartaginés. Se trata de expertos conocedores de la geografía del interior meseteño, maestros de larga tradición en el cruce de vados y puertos, y por ello los mejores guías para el propósito de las huestes anibálicas de penetrar hasta suelo vacceo . En este contexto son más que oportunas las certeras palabras de J. Caro Baroja: "las cañadas, de norte a sur, rompen las fronteras de los antiguos reinos de un modo sistemático. El pastor en movimiento vive en medios histórico-físicos distintos en diferentes épocas del año. Ésta ha sido su fuerza y su grandeza. También su debilidad" .
3- CONSIDERACIONES FINALES
Diremos para concluir ya que tras exprimir a fondo testimonios literarios, epigráficos y arqueológicos de contacto cultural, nos parece que las tierras del occidente meseteño dieron asiento a una intensa circulación ganadera. Definir la misma supone entrar en un debate epistemológico sobre el concepto y los presupuestos de la trashumancia, fenómeno del que hemos analizado las diversas interpretaciones ofrecidas por la historiografía. En tiempos prerromanos probablemente no hubo nada que se pareciera a la organización de la Mesta medieval; si hacemos de esta institución el significado pleno de la trashumancia, su origen no puede retrotraerse tan atrás y en ese sentido la postura escéptica es la correcta.
Pero si la "trashumancia" es en realidad un requisito que el medio-ambiente impone para la especialización del sector ganadero, factible de verificarse en concordatos que podrían ser renovados anualmente por las élites que gobiernan los territorios por los que trascurren las cañadas (no necesariamente identificables con las que tenemos inventariadas en época histórica), la organización socio-política de aquellas comunidades no fue su impedimento, o no al menos constantemente. Y no lo fue porque en las redes de funcionamiento y relación de estas poblaciones de la Edad del Hierro, los hatos de ovejas, cabras y bóvidos llevaban tiempo transitando como mercancía comercial y cultural. Esta es la idea de "trashumancia" que no vemos objeción en asumir, con toda la imprecisión que un significante tan manido como éste puede hacer denotar, y con la que queremos modestamente contribuir al debate sobre un tema tan incitante como el que nos ocupa.
Las bases económicas, los ecos de transculturación existentes en la meseta prerromana y, con menor claridad, los vados y puertos abiertos por la red cañariega en torno a la cual se articula el poblamiento protohistórico, pueden mostrarse como indicadores en nuestra particular -y siempre discutible- defensa de la trashumancia. Dicho con otras palabras, si los condicionantes biogeográficos y climáticos obligaban -o recomendaban, para ser menos categóricos- el desplazamiento estacional de rebaños importantes en número, el hombre no fue obstáculo para acometer y respetar el funcionamiento y los costes del círculo trashumante, en el marco de sus expectativas técnicas, económicas y humanas. Desde antiguo el ganado constituyó uno de los bienes socio-económicos más preciados y, como tal, se convirtió en factor de comunicación interna y, más restrictivamente, en voz de llamada a la acción de agentes externos.


